Sanfermines
en los barrios
Los Sanfermines tienen un
ámbito natural en los que manifestarse, ceñido casi con exactitud a los
límites del casco viejo. Pero, porque la ciudad ha crecido, la fiesta se
desparrama con generosidad por sus barrios y calles.
En
consecuencia, resulta otra forma de vivir la fiesta los ininterrumpidos
actos organizados por el "Cal¡" en la calle Amaya, en el
Ensanche, donde la música suena sin cesar con la charanga de aficionados,
en la que no faltan figuras ilustres, y los
niños disfrutan de la fugaz figura de un toro de fuego que recorre con
rapidez la calle en el crepúsculo que apacigua el trajín del día
sanferminero. Y todo culmina en un ¡pobre de mí! que multiplica las
luminarias y que divide los sentimientos entre la alegría y la esperanza.
También
en el Ensanche, en la calle Leyre, las huestes gastronómicas ocupan la
calle y convierten el asfalto en el suelo acogedor del mejor restaurante.
Allí se prodigan los menudicos de cordero, las magras con tomate, el
estofado de toro, el cordero al chilindrón..., platos contundentes que,
regados con un fresco clarete, dividen la mañana sanferminera y alimentan
el motor de la fiesta, porque aquí el sopor no se admite y el aporte de
calorías supone siempre una alimentación sustanciosa de la máquina de
la alegría.
Claro que las cada día más
numerosas sociedades gastronómicas que proliferan por la geografía de la
vieja Iruña no se quedan atrás en
sus reuniones generosas de bebida y comida, y, si cualquier día a lo
largo del año tranquilo es bueno para alegrarlo con una mesa bien
servida..., ¡qué decir de los días y las noches de los Sanfermines!
Entonces, los chuletones rotundos, la
merluza a la koskera, los jarretes de cordero, l
a
compota de vino, el sorbete de limón, las fresas con nata
y el caramillo o el pacharán se multiplican por las bocas golosas
de los que disfrutan la fiesta en una mesa bien
nutrida, en una mesa exuberante que está en la raíz del hecho
sobrenatural de que los cuerpos aguanten un trote sin igual.
Los Sanfermines, pues, se extienden con naturalidad por todos los barrios
y calles de Pamplona y en estas fechas no hay un solo rincón de la ciudad
que no viva a su modo la fiesta, una fiesta que nace del pueblo y que en
el pueblo encuentra sus mejores momentos. No en vano la gente corriente
encuentra un protagonismo que, en gran medida, le es impedido a lo largo
del predeterminado discurrir del año. Un protagonismo que hace que el
pueblo soberano se erija en la verdadera aristocracia de la vida. En el
señorío de la alegría sobre la ruda realidad de la rutina.