La
calle
Durante
ocho jornadas y media del calendario de julio, apenas una semana larga,
con sus días y sus noches, la calle es rescatada de manos del orden
cotidiano y devuelta a sus auténticos dueños: los hombres y las mujeres
de a pie de todas las edades. La fiesta y la alegría no tienen razón de
ser si no se transmite a los demás, si no se participa. Por eso, la
fiesta deja de serlo cuando se la contiene, se le ponen barreras, se
guarda celosamente para unos pocos. Sería imposible imaginar
nuestras fiestas sin el paseo a hombros, en olor de multitud, de nuestro
santo preferido, San Fermín; sin los mozos haciendo la puñeta a los
representantes de la autoridad, al muy ilustre Ayuntamiento, en el "Riau-Riau";
sin las Peñas invadiendo la calle sin más tregua que la breve estación
en la oportuna tasca; sin los niños y mayores riendo, gritando y
brincando delante de los kilikis; sin el espectáculo de los cuerpos
rotos
por el santo suelo, saltándose a la torera los
"prohibido pisar el césped'; sin los bombos solitarios o en
comunidad machacando el silencio de la noche; sin las gaitas y los txistus
vibrando en el aire asombrado de tanta borrachera de sonidos; sin los
cuerpos -casi todo el año tan perezosos para la alegría- bailando y
bailando sin cesar; sin las dianas abriendo a la fuerza los ojos al
amanecer somnoliento; sin los cohetes poniendo alas en los pies a la
valerosa mocina en el encierro; sin los fuegos iluminando la oscuridad a
su pesar y acompañados de un burlón y confiado "iaaah! iaaah!"
saliendo de mil gargantas; sin..., sería imposible imaginar los
Sanfermines, las fiestas de la calle, la calle en fiestas.
La
calle, queda claro, es el lugar natural de la fiesta. Bien que, para
otros, ha sonado la hora de hacer el agosto en julio y convierten algunos
lugares de la ciudad en un colorista mercado de casi cualquier cosa. En el
paseo de Sarasate, en el Bosquecillo o en la plazuela de Recoletas se
puede uno hacer retratos al natural,
beber champán, comprar bocadillos, pañuelos, chuchainas, artesanías
varias, corneticas, sombreros tejanos o mejicanos, globos, bolígrafos,
gafas de sol, pistolas, matasuegras, baratijas, camisetas, frutos secos,
ajos, helados, etc., etc., etc. ¿Hay quien dé más? Y alrededor,
ocupándolo todo, sin dejar islas al silencio, bandas, fanfarres y txarangas
recorren la calle sin cesar, rodeadas
por una multitud danzante que les acompaña con alegría a todas partes.

Así son las fiestas, así
son los Sanfermines, abiertos a todos: alegría para todos los hombres y
mujeres de buena voluntad.