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Los Sanfermines: el chupinazo |
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Los Sanfermines: el chupinazo
Con los pañuelos en la mano, agitándolos al viento, el fondo de la plaza y las calles adyacentes se convierten en un mar rojo de olas triangulares que tan sólo se sosiegan cuando las manecillas del reloj consistorial se unen arriba, en el mediodía.
Son las doce en punto cuando un miembro del consistorio prende la mecha ágil del cohete que explota sobre miles de cabezas, cuyas gargantas corean el grito del munícipe que abre la fiesta: «¡Pamploneses! ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!». Entonces un estruendo creciente invade el escenario de la fiesta, un estruendo que tiene como epicentro la plaza Consistorial, pero que se extiende por todo el casco viejo mezclado con músicas de charangas en donde la potencia manda sobre la armonía y el ritmo se acelera como los corazones que vibran porque, al fin, han comenzado los Sanfermines.
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